Algún pensamiento de Semana Santa



Algunos de los pensamientos que se han ido destilando en los viajes de estos últimos quince días:

Es muy bello que no podamos retroceder en el tiempo, o por lo menos no de forma consciente. Puedes ir hacia atrás con la memoria, con los recuerdos, dicen también que hay una ultratecnología que permite viajar en el tiempo –realmente eso no lo sabemos con seguridad-, lo que sí es cierto es que no se puede volver atrás, y eso sencillamente es muy hermoso; no hay camino de vuelta, sólo hay camino de ida; al haber sólo camino de ida, hay que ponerlo todo en todo momento, y más que ponerlo todo en todo momento, es preciso ser conscientes de eso que somos en todo momento. La finitud del instante es justamente la que nos hace eternos.

Tanta tabarra nos dan con el perdón, cuando lo más sencillo para perdonar es olvidar. Cuando olvidas, perdonas. Muchas veces decimos que perdonamos, sin embargo no olvidamos, y eso no es perdón ni es nada ya que la mente se queda percutiendo en eso que interpreta como una ofensa o como un daño. Olvidar es perdonar porque olvidar es quedarse sin mente, vivir sin cabeza. Maravillosa la idea principal que transmite el libro de Douglas Harding.

En este plano dimensional no se puede demostrar nada. Higgs, el del bosón, en realidad no puede demostrarlo. Dicen que si se quita el vacío a todos los átomos de los 7000 millones de habitantes de este Planeta, cabrían en un simple terrón de azúcar, pero eso tampoco se puede demostrar. Es muy hermoso que nada se pueda demostrar. ¿Quiere decir algo ese no poder demostrar nada? Sí, que nada de lo fenoménico es importante, que no nos quedemos boquiabiertos con el cascarón de las cosas, que no perdamos la vida con todo eso que pasa ya que lo que pasa no es la esencia de lo que es. La esencia nunca pasa, la esencia permanece siempre.

El consumismo actual nos tiene embobados porque el consumismo potencia todo el tiempo la sensación de individualidad. El que se mira solamente como individuo es porque aún no ha comprendido que el yo último, el que de verdad mira la vida, carece de proyección, carece de identidad, ese yo último es la misma conciencia universal, una conciencia que está fuera de toda forma conocida.