A los sabios de aquí de la Tierra


Mucho se habla siempre de la sabiduría que se adquiere durante la vida, cuántos esfuerzos para conseguirla, cuántos libros se han dedicado a ella, cuantos estudios, cuántos versos, cuántas novelas, cuántas películas, cuántos se jactan de haberla atrapado, y cuánto se admira al que vive instalado en el olimpo de esa supuesta sabiduría. Ante los ojos del mundo conseguir esa sabiduría parece un gran logro, sin embargo esa sabiduría no es más que un simple juego infantil, algo que los cerebros entrenados hacen para causar sensación a los demás. Esa sabiduría en realidad no vale para nada. La sabiduría mundana es un apego más de los muchos que tenemos, algo que también habremos de dejar cuando nuestro cuerpo muera. No es preciso ser un sabio en los asuntos de aquí de la Tierra, y es que cuanto más sabio te crees, más ignorante eres. Todo el conocimiento humano no vale más que un minuto de silencio, y desde luego no vale más que ese pétalo rojo sobre la nieve. No es sabio el que se dedica a acumular conocimientos, ese acumular conocimientos es una simple ilusión; es sabio el que sabe ya que el hacer es también una ilusión pues es la vida la que lo hace todo, y además sin que te des cuenta.