La vendimia


Un lector de esta página me pidió hace unas semanas que escribiera sobre la vendimia, y todo 'vino' porque en una pequeña reunión hablé durante un rato sobre el arte de vendimiar y parece que a él le gustó bastante; la verdad es que lo voy a escribir con gusto porque conozco bien el duro y bello oficio que me acompaña desde que nací.


"Cuando nos despertábamos aún era de noche; al cuerpo le costaba ascender de la cama porque el día anterior habían sido muchas las horas de labor. Era normal estar desayunando y tener al lado una sartén con pimientos que se estaban friendo, a esa hora de la mañana ese olor se te metía en el cuerpo y ya no te abandonaba en todo el día. 

Lo primero que hacía uno nada más salir de la casa era mirar al cielo. Miraba uno el cielo y casi sin querer imaginábamos cómo iba a ser el día, daba la sensación de que el sol y las nubes se hicieran amigos de uno por el hecho de tenerlos tan en cuenta. Amigos eran. Y amigos son.

Camino de las viñas llegaba el olor de la tierra que también se estaba despertando en ese momento; los pájaros salían de los chopos del valle dispuestos a vivir su día, la verdad es que uno sentía un poco de envidia de aquellos pájaros, daba la sensación que no tenían que ir al trabajo; yo nunca llegué a saber si los pájaros trabajaban o no trabajaban, parecía que no trabajaban, aunque luego era mucho el trabajo que se les veía hacer. Siempre soñé con un trabajo que no se supiese bien si era trabajo, igual que los pájaros.

Cuando te agachabas en la primera cepa nada más llegar a la viña, costaba doblar la espalda, las piernas también estaban resentidas; de pronto alguien encendía a lo lejos un cigarrillo y aquel olor le sentaba a uno bien porque nos conectaba con la civilización. Nunca me molestó el olor a tabaco mientras se estaba trabajando.

Metías las manos entre las hojas de las primeras cepas y sentías el rocío, también se notaba el frío de la noche; el sol salía justo en ése instante, qué gusto daba sentirlo y qué buena era su compañía. La cercanía del sol lo hace todo siempre mucho más fácil.


Eran duros los días de calor, duros eran también los días de viento y lluvia. La vendimia tenía siempre la belleza del que aprende a mirar. Yo me hice fotógrafo en la vendimia, ocurrió durante varios años que los cielos y las luces me cautivaban, tanta pasión tenía yo por fotografiar que más de uno se dio cuenta y me sacó algún cantar. Nunca he sido vago para ninguna cosa, tampoco he tenido la tentación de la pereza, lo que me ha pasado y me pasa es que me interesan muchas cosas a la vez. Recuerdo un año que entre cepa y cepa yo iba escribiendo poemas, eran poemas que ahora se me ocurre llamar “de tinta con tinto a lo tonto”, quiero decir que la tinta de las letras que escribía se mezclaban con las uvas y con los racimos, y digo a lo tonto porque un poema te sale porque no lo piensas, si a un poema le pones pensamiento entonces ya no es un poema. Me pesa haberme desprendido de aquellos poemas, los quemé un día junto a unos diarios de adolescencia.

Había mañanas que comías tantas uvas que pensabas que no ibas a poder comer cuando llegara la hora. Pero comías, ya lo creo que comías, y comías porque aquella sopa de cocido tomada al raso era una bendición del cielo. Si te daban permiso para dormir cinco minutos de siesta eras el más feliz de la Tierra, pero la mayoría de los días no eras el más feliz de la Tierra porque al terminar de comer había que ponerse de nuevo a la labor.

Casi lo que más recuerdo de la vendimia son las canciones. Y las risas. La verdad es que me he pasado más de media vida riéndome, a veces he estado tentado a poner en mi currículum que me he reído todo lo que he podido y más. La risa es la más bella canción de la vida. Yo hasta que no he visto cómo se reía una mujer no me he llegado a enamorar del todo.

Cuando estabas vendimiando tenías que hacer una cierta amistad con las moscas y con las avispas, si esa amistad no era sincera, los sustos de las avispas y la pesadez de las moscas los tenías asegurados.

Gracias a la vendimia aprendí a mirar al horizonte. En ese mirar al horizonte está la clave de nuestra proyección en la vida, cuanto más allá eres capaz de mirar, más vida alcanzas.

En la vendimia casi todo nos parecía bien, como eso de verse a uno mismo convertido en un quinqui absoluto durante los quince o veinte días que duraba la campaña, era un abandonado total, aguantando el propio sudor y sosteniendo cada día toda la ropa apretada al cuerpo debido al azúcar de las uvas que se iba pegando y casi petrificando, es como si quedara uno como grapado a la propia indumentaria, lo mismo los pantalones que la camisa, todo se mantenía en pie cuando te lo quitabas, aquello era como un esqueleto de ropa, por eso cuando te lavabas por la noche te sentías el rey del universo.

Y qué decir del olor de los lagares, lo mismo que del olor a las patatas guisadas con ajo y pimentón. Qué bello el baile que había por las noches, qué hermosura el olor de las mujeres que habían estado todo el día en el campo, todas ellas se convertían durante un par de horas en reinas de la vendimia. 

En aquellos años uno soñaba con ir a la ciudad y conquistar el mundo. Yo fui a la ciudad y conquisté el mundo, pero ahora ya sé que el mundo que tenía que conquistar es un mundo que no se ve, por eso puedo decir también como aquél que mi reino no es de este mundo.

Cuando te ibas a dormir después de un día de vendimia tenías asegurado que toda la noche ibas a soñar que estabas vendimiando, era como tener fiebre, una fiebre de mosto cayendo de los canastos, de los carros, de las cestas con uvas, era la fiebre de la vida que no para, que no se detiene, una vida que no sabes muy bien lo que quiere de ti pero que no te importa porque te lo estás pasando en grande. ¡Que venga lo siguiente que ha de venir porque aquí estoy esperando!

Nadie se moría en la vendimia. Parece una broma decirlo, pero es verdad que no solía morir nadie. Era tanta la faena, era tanto el trabajo, que había que esperar a morirse más tarde, mejor morirse para cuando ya no hubiera nada que hacer y así no se perdía de ir a trabajar. Morirse mejor un día de nevada. Los copos de nieve borrando las huellas de todos los caminos. Parece que en la vida pasan muchas cosas, pero lo que más pasa es silencio. Porque silencio somos".


Aunque este relato esté escrito en pasado, yo lo sigo viviendo en presente, y es que todo es presente, por lo menos en mi vida lo es, por eso no puedo decir ‘yo vendimiaba’, digo más bien ‘yo vendimio’. Vendimio y me asombro de todo lo que tiene vida. La viña de este vivir está llena de racimos vivos. Si vives a pleno pulmón no vas a derramar ni una lágrima. El que se entrega por entero a lo que está haciendo consigue iluminar todos los rincones donde estuvo alojada la tristeza. Todo lo que fue, fue vida. Todo lo que es, vida es.

Este es el cáliz de mi sangre.