La esencia de la experiencia


Hace unos días pensaba en lo poco que sabemos de la experiencia, de las experiencias, vivimos envueltos en ellas sin saber lo que verdaderamente son y sin investigarlas lo más mínimo, las tenemos ‘muy pegadas’ a nosotros sin apenas conocerlas.

Lo primero que me sale decir es que una experiencia es siempre algo de la mente. En un hecho no interviene la mente, pero sí en una experiencia pues digamos que la experiencia es la elaboración mental a partir de un hecho. Hayas vivido lo que hayas vivido, es la mente la que ‘elabora’ la experiencia. Hay que decir que la mente no es el cerebro. El cerebro es un órgano exactamente igual que el hígado o el bazo, pero la mente es ‘una energía’ que conecta al cerebro con la conciencia. Volvamos a la experiencia. Una experiencia es siempre algo que ya pasó, por eso no conviene hacer que dé vueltas una y otra vez por el ‘rodillo de la mente’, sin embargo la esencia que dejó la experiencia, ésa sí que es aprovechable ya que la esencia de una experiencia siempre permanece. La experiencia se evapora, la esencia sin embargo siempre está. Un ejemplo: es verdad que ya no vivo ahora aquello que viví con aquella persona, sin embargo ‘el perfume’ que en mí ha dejado aquello que viví con aquella persona siempre va a permanecer, eso quiere decir que de algo puramente temporal (la experiencia) puede nacer algo atemporal e incluso eterno (la esencia), eso atemporal y eterno es lo que no puede ser manoseado y manipulado por la mente pensante. Siempre estamos tocando la esencia, por más que nos parezca que estamos envueltos en la experiencia.

No intentes revivir experiencias pasadas porque entonces lo que harás será volver a repetir un molde que ha quedado petrificado en tu cerebro. Una experiencia no se va a volver a repetir por más que lo intentemos, lo que sí podemos hacer es volver a ‘endulzar’ nuestra boca con esa esencia que siempre permanece. Una experiencia es hija del tiempo, sin embargo la esencia es hija y madre de un corazón atemporal, eterno. Si a través de una experiencia se vivió por ejemplo el amor, seguirá habiendo amor, aunque las formas externas de aquella ya no estén presentes, sabiendo además que el amor no es algo que he de captar del exterior, sino que es algo que me constituye, algo que soy. Es preciso entonces aprender a distinguir lo que son cenizas, despojos, de eso otro que sigue vivo y que siempre estará vivo. Que nunca las cenizas ahoguen lo que permanece vivo. Las experiencias son siempre cenizas, la esencia es amor.

Vivir en la Presencia no es colocarse delante de una experiencia para ver lo que ésta nos da, algo parecido a estar esperando un rédito o un premio. Vivir en la Presencia es colocarse delante de la experiencia con la mirada de nuestro Ser Interno, ése que sabe que nunca va a ser sustancialmente afectado por nada de lo que sucede. Vivir entonces es asistir al estreno en primicia del constante espectáculo de las impresiones, sabiendo que lo más real y más puro está más allá del devenir, del ser o del no ser, mucho más allá de las inquietudes y de los anhelos. La madurez de un corazón está en Presenciar siempre la Esencia.

Vivir la Esencia es vivir 'la experiencia' de lo Esencial, eso no es ya una experiencia en el tiempo sino fuera del tiempo, ahí se acaba la dualidad, ésa es ya la visión mística.