Las bombas de Palomares...y el desierto.



Ha estado estos días en España el Secretario de Estado norteamericano John Kerry y ha dicho que va a descontaminar la zona de Palomares, lo que no ha dicho es cuando. Palomares sigue siendo la única zona del mundo contaminada por plutonio, a pesar de que ya han transcurrido 50 años de aquel accidente aéreo que provocó la caída de al menos cuatro bombas termonucleares, dos de ellas cerca de la pedanía de Palomares, perteneciente al término municipal de Cuevas de Almanzora (Almería, España).

Ha dicho John Kerry que se van a llevar la tierra contaminada de Almería al desierto de Nevada (USA).


La jugada de Kerry se dice en mi pueblo de esta manera: “Quitar la mierda de un lao pa ponerla en otro”.

¿A qué juegan algunos seres humanos? ¿Son acaso ellos los dueños del desierto? ¡Qué le habrá hecho el desierto al hombre para que éste lo trate así!

No diré nada más. Copio y pego este extraordinario texto del gran Thomas Merton escrito hace ya muchos años; aunque el párrafo final os pueda chocar un poco, leedlo pausadamente porque tiene también sentido, mucho sentido:


"El desierto fue creado simplemente para ser desierto, no para ser transformado por los hombres en otra cosa. Igualmente el mar y la montaña. El desierto, es por lo tanto, la morada lógica del hombre que sólo busca ser él –es decir, una criatura que únicamente depende de Dios, sin ningún gran proyecto que se interponga entre él y su Creador-.

Esta es, al menos, la teoría. Pero en ella entra otro factor. Primero, el desierto es la comarca de la locura. Segundo, es el refugio del demonio. Por lo tanto, el hombre que entra en el desierto para ser él, tiene que tener cuidado para no enloquecer y convertirse en servidor del que vive allí en un estéril paraíso de vacío y de rabia.

Pero mirad los desiertos hoy. ¿Qué son? El lugar de nacimiento de una nueva y terrible creación, el campo de experimentación del poder por el cual el hombre trata de descubrir lo que Dios ha bendecido. Hoy, en el sigo del mayor triunfo tecnológico del hombre, el desierto, al fin adquiere su predominio. El hombre ya no necesita a Dios, y puede vivir en el desierto de sus propios recursos. Puede construir allí sus fantásticas y protegidas ciudades de retirada, experimentación y vicio. Las brillantes ciudades que surgen en el desierto, de la noche a la mañana, ya no son imágenes de la Ciudad de Dios, bajada de los cielos para iluminar al mundo con la visión de la paz. Son brillantes y viles sonrisas del demonio en la faz del desierto, ciudades de secreto donde cada hombre espía a su hermano, ciudades por cuyas venas corre el oro como sangre artificial, y de cuyo seno saldrá el último y más grande instrumento de destrucción.

¿Podemos observar el crecimiento de estas ciudades y no hacer algo para purificar nuestros corazones? Cuando el hombre con su dinero y sus máquinas se traslada al desierto y se establece allí, no combatiendo al diablo como hizo Cristo, sino creyendo en sus promesas de poder y riqueza, y adorando su angélica sabiduría, entonces el desierto se extiende a todas partes. En todas partes está el desierto. En todas partes está la soledad en que el hombre tiene que hacer penitencia, luchar contra el adversario y purificar su corazón en la gracia de Dios. 

El desierto es la sede de la desesperación. Y ahora la desesperación está en todas partes. No pensemos que nuestra soledad interior consiste en la aceptación de la derrota. No podemos huir de nada consintiendo tácitamente la derrota. La desesperación es un abismo sin fondo. No hay que pensar en cerrarlo aceptándolo, y tratando de olvidar que se ha aceptado.

Este, pues, es nuestro desierto: vivir frente a la desesperación, pero sin aceptarla. Pisoteándola bajo nuestra esperanza en la Cruz. Hallaremos así a Dios. Hacer la guerra incesante contra la desesperación. Esa guerra es nuestro desierto. Si combatimos valerosamente, hallaremos a Cristo a nuestro lado. Si no podemos hacerle frente, nunca hallaremos a Dios".