Media tarde en el museo del Prado



Había prometido que un día iríamos al Museo del Prado, así que elegimos una tarde de esta pasada semana para acercarnos. El calor era intenso, sin embargo eran muchas más las ganas por volver a visitar ese lugar tan querido. Hacía años que no pisaba por allí.  Ir al museo del Prado es poder regalar y regalarse una nueva visión de la pintura, que en realidad no es otra cosa que mirar de cerca la propia condición humana.

El museo del Prado fue para mí durante años como una iglesia, allí iba yo a rezar mis oraciones. Reconozco que mi relación con El Prado ha sido y es profundamente espiritual. En El Prado iba yo a ver los paisajes que mi alma anhelaba pero que no hallaba ya que al vivir en la ciudad esos paisajes no los veía ‘ni en pintura’. En El Prado buscaba yo la hierba fresca que no encontraba en las calles asfaltadas. En El Prado se refrescaba uno en verano y se calentaba también uno en el invierno, por eso el museo del Prado ha sido siempre para mí como una madre donde guarecerme para olvidar mis horfandades.

Empezamos ese día la visita por El Greco. El Greco es espíritu puro. Me gusta mucho su utilización del color, en particular me cautivó el sayo de color verde que porta San Andrés en el cuadro “San Andrés y San Francisco”.



Aunque El Greco dejó una honda huella, pronto pusimos rumbo a Velázquez. Diego Velázquez es mi pasión desde hace muchos años. Me ha pasado muchas veces que después de estar contemplando cuadros de Velázquez, el resto de obras pictóricas de otros autores se me quedaban en nada, y eso que amo profundamente la pintura de Goya, Tiziano, Zurbarán, El Bosco y algún otro.

Siempre nos habían dicho que Velázquez era pintor de reyes, sin embargo yo lo veo como pintor de los desheredados, precisamente en la sala donde están las pinturas de los desheredados, está un cuadro que siempre que lo veo me embelesa. Qué emoción contemplar de nuevo el Cristo de Velázquez. Sencillamente se queda uno sin palabras. Es un cuadro tan soberbio, de tal calidad pictórica y humana, que lo vi entre lágrimas, me costó verlo precisamente por el agua que sin cesar brotaba de mis ojos.



Velázquez te está diciendo mientras contemplas ese cuadro: “Este es tu cuerpo, míralo bien”.

Velázquez comprendía la muerte, y si comprendía la muerte por fuerza tenía que comprender la vida, es que de otra forma es imposible pintar un cuadro así.

Ahora resuenan en mi mente algunas de las palabras que escribí hace ya años sobre esta magistral obra:


“Esta pintura sigue siendo una llamarada que me sacude los ojos; si uno la mira durante un tiempo muy largo llega a pensar que se puede quedar ciego, ciego de amor. Un día me acercaba a mirar las heridas de ese Cristo y las veía abiertas, pero al día siguiente percibía que estaban secas, por eso sé que ninguna herida permanece; ese Cristo ahí en la cruz está para recordarnos que somos hombres, que este es nuestro cuerpo y que estamos atados y esposados y crucificados a la vida, con la vida, desde la vida. Hermoso Cristo de cuerpo henchido, creo que estás ahí también para decirnos que todos los caminos de este viaje no hacen más que trazar caminos en un mapa al que llamamos Dios. No es un cuerpo doliente el tuyo, es un cuerpo triunfante. Esa cabellera negra es la crin de un caballo que cruza el espacio inmaculado del cielo. Este Cristo es alguien que abraza todas las cosas. Ved los brazos, vedlos. Por ti la muerte se ha hecho madre nuestra. Todo en ti se ha reunido ya. Nada te pueden quitar, nada pueden añadirte, estás completo, por eso mismo no hay en ti ni muerte ni gloria, solamente eres tú, ahí, suspendido de todo, rezando con la humildad que va lavando las interminables miserias de los hombres. Ese cuerpo de nieve nos recuerda la eternidad de todas las cosas. Fíjate bien Raúl, fíjate bien, que el cuerpo de ese Cristo no es un cuerpo, es un Alma. Al contemplar ese Cristo caigo nuevamente en la cuenta de que en realidad pertenezco a la infinita Casa de los Cielos. Y renazco a la esperanza. Señor del Amor, Sangre de todas las amapolas, Cáliz de todos los espejos, Sol y Luna del Día y de la Noche… No me dejes solo, que me perdería”.


A última hora quisimos contemplar el cuadro de "La Anunciación" de Fra Angélico. No fue posible. Estando a un metro de entrar en la sala donde se encuentra esa maravilla tocaron el silbato y nos sacaron a todos de allí como ovejas pues parece que había llegado la hora de cerrar; nos sacaron de allí como a ovejas porque nos 'pastorearon' como a simples animales, sin ninguna piedad. Curiosamente lo que no nos pudo anunciar el cuadro de La Anunciación, nos lo ha anunciado esta semana el Cielo mismo. Semana de prodigios celestes, puede que aventurando todo lo que ahora mismo se despliega. Algo inmenso. Os lo aseguro.